BANALIZAR EL NOMBRE DE DIOS

Ricardo Sarasty

Todas las religiones tienen en su fundamento la exigencia moral de guardar el mayor de los respetos al nombre de Dios. Tanto así que, en la ley mosaica marco jurídico, moral y ceremonial del culto hebreo y del cual el cristianismo deriva, en la parte dedicada a regular el comportamiento moral de todos los hombres y todas las mujeres descendientes de Abraham, se escribe entre los primeros diez mandamientos el de no tomar el nombre de Dios en vano. Se deja bien claro, como debe hacerlo toda ley, que es reprochable el acudir al nombre Dios sin que haya necesidad importante para hacerlo, el solo nombrarlo para respaldar con él acciones a las que le compete darle valor a su realizador es inaceptable puesto que son tan de este mundo como él. No por motivo diferente se castigó en el tiempo de Jesús Cristo con pena de muerte a quien perjuraba o cometía blasfemia, así como se lee en el libro El Levítico de la Tora o antiguo testamento de la biblia. Es que Dios como tal no debe perder su condición de ser la esencia del existir en todo y por todo únicamente para pasar a ser un simple pretexto o la justificación del abuso, el capricho, la ambición y de todo cuanto el hambre o la sed, propios únicamente de la condición mundana del humano, mueven su voluntad para satisfacerlo.

No por razón diferente llama la atención el comportamiento ético de las personas que se muestran en un video, puesto a circular por las redes, como también a la vez obliga a valorarlas como participes de una rutina a la cual se le quiere dar el carácter de sagrada. En ella se invoca el nombre de Dios para supuestamente dotar con poderes divinos al agraciado que recibe, en apariencia, esos dones no sin antes aceptar ser el elegido para salvar a su pueblo. Así como se ve el acto no pasa de ser una simple parodia de un rito de consagración en que se enaltece al hombre y se baja a Dios para inmiscuirlo en asuntos que no son del tamaño de su grandeza. Dirían los verdaderos sacerdotes que ese solo acto es una grave blasfemia y por lo tanto entrarían a calificar esa conducta como contraria a la fe, puesto que se agravia el nombre de Dios al convertirlo en referente de lo nimio, como lo es el poder entre los humanos y para los humanos. Nada diferente se entiende cuando el único Dios encarnado con el objetivo de venir a reivindicar el carácter divino de su nombre en toda su creación, puso de manifiesto que el reino suyo no era el de este mundo y que por lo tanto para obrar en consecuencia los creyentes en él bien debían distinguir lo correspondiente a lo de los Cesares, que no es más que lo obrado por los mismos humanos para ellos y cuanto dependa de sus responsabilidades. En atención a que este mundo le fue entregado a ellos para cuidarlo y mejorarlo, si valoraban la vida en función del libre albedrio que no puede ser sino la constancia del mayor beneficio con el que pudo haber dotado a la especie humana, la razón.

No otra fue la gesta de Jesús si no la de recordarles a los fariseos que se habían apropiado del nombre de Dios para con él respaldar el despotismo, la exclusión, la opulencia y la avaricia. Desvirtuando la razón de existir como Dios y así desconocer el amor como principio de la creación. No aceptó que disculparan el odio para darle razones a la ira y sometieran a otros seres humanos a toda forma de inequidad. Pero el juzgado por blasfemia fue él.