TIEMPO DE SUMAR
Colombia enfrenta una nueva encrucijada histórica que definirá nuestro futuro. Las urnas han hablado con la gran elocuencia de la democracia, marcando el fin de una etapa y el inicio de la administración de Abelardo De La Espriella, quien asume el mando con buenas intenciones y un mandato popular ineludible. Hoy, más que nunca, todos debemos remar el barco en la misma dirección, dejando atrás los rencores estériles que tanto daño nos hacen como sociedad.
Es ineludible hacer un balance reflexivo y objetivo del gobierno que finaliza. Si bien tuvo aciertos en materias sociales, la cruda realidad terminó por imponerse sobre las buenas intenciones. El desbordamiento del gasto público, el alarmante incremento de la inseguridad en nuestras carreteras, la presión constante a los empresarios y el profundo agravamiento de la crisis de la salud, son cicatrices que no pueden menoscabar la realidad. La izquierda tuvo una gran oportunidad histórica y se desaprovechó. Todo tiene su momento y su lugar; las oportunidades no están siempre.
Por ello, el llamado más urgente y sentido es para la oposición política. Es hora de actuar con absoluta coherencia frente a la seguridad, el respeto sagrado a las instituciones y el inquebrantable ordenamiento jurídico. La democracia no se defiende generando mensajes de odio ni sembrando la zozobra; se defiende con propuestas serias y constructivas. La oposición debe abandonar la descalificación para avanzar proactivamente en el mejoramiento de la economía, la ejecución de la infraestructura y la salvación de nuestro sistema de salud.
En este nuevo comienzo, el fortalecimiento del tejido empresarial debe ser la prioridad absoluta. Es imperativo generar ventajas importantes y reales para los empresarios, aliviando las asfixiantes tasas impositivas y racionalizando las responsabilidades que hoy los ahogan. Si mantenemos el ritmo actual de castigo al sector productivo, en especial las PYME, la economía empezará a debilitarse irremediablemente, destruyendo empleo y riqueza. Un gobierno que quiera prosperidad debe entender que la empresa privada es el motor que mueve al país; protegerla, incentivarla y desregularla no es un privilegio, es una necesidad vital.
La reactivación económica no es solo un asunto de cifras, es la garantía de que las familias puedan poner comida en sus mesas. Aliviar la carga tributaria y simplificar las obligaciones legales permitirá que las pequeñas y medianas empresas no quiebren. Si el Estado sigue asfixiando al productor, la informalidad crecerá y la inversión huirá. Las ventajas para los empresarios son la única vía para asegurar el bienestar social.
Desde el Sur, las regiones claman por vías seguras y un tejido empresarial que por fin pueda respirar. Si el gobierno de Abelardo trae el ánimo de corregir el rumbo, la responsabilidad política exige que los sectores críticos aporten con espíritu constructivo. Las divisiones ideológicas deben quedar atrás. Colombia necesita líderes que entiendan que el patriotismo radica en sumar. Apoyemos las buenas intenciones, exijamos con rigor pero sin destruir. El tiempo de la reconciliación con la institucionalidad es ahora, y el futuro depende de la madurez con la que asumamos este nuevo comienzo histórico para nuestra nación.
Por: Javier Recalde Martínez.
