EDITORIAL 1

Mientras las miradas de la gran mayoría de colombianos suelen concentrarse en los grandes eventos o las actuaciones de las figuras del deporte nacional, durante el último tiempo han surgido historias que recuerdan dónde nace realmente el éxito deportivo colombiano: en las escuelas, los clubes formativos, las ligas regionales y las comunidades que creen en sus jóvenes.

Desde Chicoral y El Espinal, donde un grupo de niños clasificó a una final departamental de fútbol, hasta Piendamó, con el voleibol cosechando títulos, pasando por los esgrimistas tolimenses convocados a la Selección Colombia, el mensaje es claro: el deporte colombiano atraviesa un momento positivo.

No obstante, detrás de estos logros surge una pregunta inevitable: ¿cómo se obtienen grandes resultados con recursos cada vez más limitados? La respuesta resulta tan sencilla como preocupante. Miles de deportistas deben realizar actividades por su cuenta para recaudar fondos cuando gran parte del apoyo debería estar garantizado por el Estado. En numerosas ocasiones, el sueño de representar a Colombia depende más del sacrificio personal que de las ayudas institucionales.

Por ello, el debate sobre el futuro del deporte colombiano debe centrarse en las condiciones que se les brindan a quienes hacen posibles estos logros, entendiendo que incrementar la inversión, fortalecer la infraestructura deportiva y garantizar procesos de formación sostenibles no es un gasto, sino una inversión en el futuro del país.

Las historias que hoy celebran muchas regiones son la demostración de que el talento colombiano sigue apareciendo incluso en medio de las dificultades. Ahora corresponde que la inversión en el deporte esté a la altura de quienes representan al país.