¿INDEPENDENCIA O PELEA DE MERCADO?
JORGE HERNANDO CARVAJAL PÉREZ
Hay tradiciones colombianas que nunca pasan de moda. El natilla en diciembre, el aguacero cuando uno se acaba de embolar y, por supuesto, la pelea anual sobre si el 20 de julio de 1810 fue o no fue el verdadero Grito de Independencia.
La verdad es que desde que tengo memoria, cada vez que llega esta fecha, los historiadores se van a los guantes con el mismo entusiasmo con el que los hinchas discuten quién fue mejor, si Willington Ortiz o el Pibe Valderrama.
Unos, como mi amigo, el reconocido historiador, Enrique Herrera, aparecen con cara de haber desempolvado el último pergamino secreto de la colonia para decir que no, que aquello no fue la independencia, que fue apenas una trifulca de viernes de mercado en Santa Fe de Bogotá, cuando la gente aprovechaba para comprar, vender, chismosear y, de paso, pelear. Que la independencia de verdad vino después, que hubo otros episodios más importantes y que el famoso 20 de julio ha sido exagerado por generaciones enteras.
Del otro lado están los defensores de la fecha, que no se dejan quitar el festivo tan fácilmente. Ellos sacan a relucir el célebre episodio del florero de Llorente como si fuera el penalti definitivo del partido. Explican que no fue el florero en sí, sino el pretexto perfecto para encender una mecha que ya venía chisporroteando desde hacía rato. Que el problema nunca fue una pieza de porcelana, sino un imperio entero que empezaba a hacer agua.
Y ahí quedamos nosotros, los simples ciudadanos, viendo cómo cada julio se reedita el mismo debate. Que si fue un montaje, que si estaba planeado, que si Llorente cayó en la provocación, que si todo hacía parte de una estrategia cuidadosamente diseñada por los criollos. Al paso que vamos, cualquier día aparecerá alguien asegurando que el verdadero protagonista no fue el florero, sino el señor que iba pasando por la esquina y alcanzó a gritar: «¡Esto se calentó!».
A mí, la verdad, esa discusión me divierte. Porque mientras unos intentan desmontar el mito y otros se esfuerzan por defenderlo, el 20 de julio sigue haciendo exactamente lo mismo que ha hecho durante más de dos siglos: ponernos a hablar de nuestra historia. Y eso, en un país donde a veces olvidamos hasta lo que almorzamos ayer, ya es bastante mérito.
Tal vez nunca logremos ponernos de acuerdo sobre si aquel viernes de mercado fue el auténtico nacimiento de la independencia o simplemente el primer capítulo de una historia mucho más larga. Pero hay algo que sí parece independiente desde hace décadas: la capacidad que tenemos los colombianos para convertir cualquier fecha patria en una discusión nacional. Y, visto así, quizá esa sí sea una tradición verdaderamente irrenunciable.