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Si algo despierta pasiones en todo el mundo es el deporte, es capaz de generar grandes amores o grandes odios.

En medio de esa mezcla de sentimientos aparece en todo su esplendor la figura del ídolo.

Como su nombre lo indica el ídolo es aquella figura que no solo inspira respeto sino admiración y una ridícula tendencia a endiosar.

Cuando un parroquiano cualquiera es llevado a ese nivel de ídolo, el ser humano pasa de ser un ser racional a convertirse en un perro guardián que come y respira por su figura emblemática.

Toda la vida me ha costado entender a los ‘fans’ enfermos o las personas que idolatran a otro ser humano con una pasión casi estúpida.

En mi caso particular, en el plano deportivo amo a Santa Fe pero no adoro a ídolos de barro.

Respeto a figuras como Omar Pérez o Leider Preciado pero no los llevó al plano de los ‘dioses’.

Por eso ver a otros que idolatran, veneran y casi se le arrodillan a  otros referentes del deporte me da casi hasta risa.

Mi teoría es que para tener un ídolo se necesita una buena dosis de fanatismo, una pizca de irracionalidad y mucho pero mucho espíritu servil.

Por eso jamás entenderé a esos seres que adoran a su ídolo, las mismas que aplauden un fracaso y que salen como perros rabiosos ladrándole a todo aquel que diga algo en contra de su ‘Dios’.

POR: Javier Chaves (@chaves077)

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